Una ciudad ‘made in’ Hollywood
Maria P. Pujadas para el diario “El Mundo”
Para regocijo de los mitómanos, muchas escenografías que juegan un papel fundamental en algunas películas existen de verdad. Pero, como la mayoría se hallan lejos, muchos locales usan los escenarios de los fimes como fuente de inspiración
La Barcelona audiovisual Bharma / Kronen / Big J’s / Bar Coyote.
Quién no querría visitar el café Les 2 Moulins, donde trabajaba Amelie, pasear por Nothing Hill y leer el diario recostado en el banco en el que Hugh Grant y Julia Roberts comían perdices, visitar la aterradora mansión en la que Nicole Kidman mantenía encerrados a sus retoños para protegerles en Los Otros o disfrutar de un largo café neoyorkino en el acogedor sofá donde Rachel, Ross, Chandler y sus friends pasaron diez largos años? Para regocijo de muchos mitómanos, hay escenografías hollywoodienses e incluso bares, restaurantes o tiendas que juegan un papel fundamental en algunos filmes que existen realmente y que, de hecho, constituyen auténticos destinos de peregrinaje.
La mayoría se hallan fuera de España. Sin embargo, muchos hosteleros ávidos de clientes, de buscar nuevas vías de negocio e incluso de lograr el ansiado valor diferencial han decidido adaptar sus locales y usar películas y series de éxito como fuente de inspiración. Así, Barcelona permite pasar un día de película.
La mejor manera de empezar la jornada es el Bharma, un bar ambientado en la aclamada Lost (Perdidos, para los que todavía no han sucumbido a la calidad que otorga la versión original). El local se ha convertido, en los dos años y medio que lleva abierto, en uno de los lugares más conocidos de la capital catalana. «La gente que vino un par de días a Barcelona para el concierto de U2 dedicó un día a la Sagrada Família y otro al Bharma», bromea Rafa, su propietario.
El joven decidió adaptar el bar y convertir su afición en trabajo. Dedicó semanas a diseñar la decoración, se movió para que un estudio que se encarga de construir decorados de películas, contactó con las distribuidoras (Fox, Cuatro y Disney España) y creó un local que, en cierto modo, homenajea a la que es para él la mejor serie de la historia. Y lo ha hecho de la mejor de las maneras. Nadie que pise el bar sale indiferente. Y es que, tan sólo la carta de bocadillos que cuelga de la pared, excita a los adeptos de Perdidos. Cada uno de los bocadillos recibe el nombre de los personajes. Por ejemplo, Hurley, el gordito bonachón, es irónicamente el vegetal… Los visitantes sacan tímidamente la cámara y se fotografían en el exterior. Pero, no queda ahí el homenaje. Al abrir la puerta, uno se topa de morros con una maqueta estampada en la pared del avión de Oceanic. Empiezan los flashes y ahora sí, sin timideces: bienvenidos al templo de los seguidores de Lost.
La escotilla, uno de los elementos más enigmáticos de la serie, alrededor del cual gira gran parte de la segunda y tercera temporada, está incrustada en otra de las paredes… tal cual aparece en la ficción. Sí, con los dichosos números incluidos. La estación Dharma juega también un papel fundamental en el bar. Una puerta a tamaño real y productos envasados como si el mismísimo James Le Fleur (Sawyer) los hubiese robado.
Alguien podría acusarle de crear este bar por propio interés: la complejidad de las tramas de la serie y los enigmas infinitos obligan a los seguidores a departir sobre la serie para sacar algo en claro. Ésa es precisamente una de las claves del éxito del local, que se ha erigido en un punto de encuentro ineludible para los fans de esta ficción. Se ha creado una especie de comunidad en la que ambas partes (trabajadores y consumidores) se han involucrado. Por una parte, Rafa se ve obligado a reciclarse constantemente y, por la otra, la buena respuesta de los clientes facilita la proliferación de actividades.
En el bar se juega al trivial con la serie, a un juego de la Oca adaptado a la isla, maratones de 17 horas e incluso un Risk -creado por un cliente habitual del local-, e incluso se pasan películas de los años 80.
La idea de crear un bar ambientado en una serie era arriesgada. Al fin y al cabo, algún día se acabará (la sexta y última temporada se emitirá en marzo de 2010), pero Rafa defiende que no se trata de un bar perecedero, y que hay vida más allá de Perdidos. El joven percibe que el auge de la televisión en detrimento del cine no es un fenómeno aislado, sino que se mantendrá. «Yo estoy enganchado a siete series ahora… ya no puedo más». Por eso se plantea, en un futuro, seguir con los pases de las series.
Superado el impacto, seguimos la ruta hacia el Kronen, un bar tan cutre como mítico. Situado a dos minutos de Verge de Montserrat, una de las calles principales de El Prat de Llobregat, el bar emula al de la película y libro homónimo Historias del Kronen. Podría decirse que es el clásico pub madrileño, con tapas grasientas y cerveza Mahou, en el que en la ficción Carlos y sus amigos se reúnen a diario y que acaba siendo testigo de sus excesos, pero para los amantes de la historia de que escribió José Ángel Mañas y que llevó a la gran pantalla Montxo Armendáriz tiene algo especial.
La parada perfecta para seguir esta ruta cinéfila es una buena hamburguesa, «la piedra angular de un desayuno nutritivo», como le decía Jules a Vincent en el que es, sin duda, uno de los diálogos más memorables de Pulp Fiction. Precisamente el Big J’s está inspirado en la película de Tarantino… o eso dice todo el mundo al entrar. «Realmente está basado en la película de Hitchock Extraños en un tren, pero todo el mundo lo relaciona más con Tarantino», apunta Juan Bautista (JB), el propietario del primer dinner barcelonés, que a la vez reconoce que el local sí tiene un punto Tarantino muy importante. Este francés afincado en Barcelona se asombró cuando se percató de la ausencia de un local de estas características en la ciudad y decidió actuar.
La idea de dinner suele ir vinculada a Marilyn y decoraciones rosa pastel, pero JB quiso darle un toque más rockero -fácilmente perceptible con la música- y evitar que el local se convirtiera en un museo. Por eso, él y sus amigos se dedicaron durante tres meses a trabajar 16 días en el diseño del local y se nota. El exceso de aluminio, los sofás rojos, un cadillac que da pie a una mesa cinco estrellas, las hamburguesas, los batidos e incluso la indumentaria de los camareros. Lástima que la camarera tenga problemas con los patines y se haya negado a usarlos… También se echan de menos los desayunos made in América, con la típica camarera que sirve a los clientes con una tetera de café aguado. Pero JB está constantemente reinventando el local y tiene previsto iniciarse en breve con los bunch (breakfast + lunch) los fines de semana.
PRESTIGIO
Una implicación recíproca
Parece que la personalidad, la pasión y el esmero que ponen los propietarios de algunos de estos locales en cuidar hasta el último detalle del lugar es palpable para el cliente que se vuelca de una extraña manera en el lugar y llega a percibirlo como algo suyo. Se establece así un feedback equitativo en el que la relación cliente-barman se difumina y en algunos casos da pie a una amistad posteror.
En el caso del Bharma es más que comprensible. Con la cantidad de actividades que prepara Rafa, la participación de los clientes está más que justificada. Ahora bien, ver el buen rollo que se respira en el local y el grupo que han formado con algunos asiduos al local no tiene precio. Se hacen propuestas mutuas, uno de los clientes preparó un Risk «muy currado», apunta Rafa, para jugar en el bar.
Ahora bien, JB tampoco puede quejarse. Para el poco tiempo que hace el local está en marcha, es muy significativo que ya empiece a tener una clientela fiel. Pero, el detalle más generoso que ha recibido de una clienta vino en forma de juicebox. Una mujer muy aficionada a este tipo de locales quedó tan gratamente sorprendida al ver el Big J’s, que decidió obsequiar a Juan Bautista con una máquina de música antigua… que incluso funciona. Quienes se dejen caer por el local, podrán verla presidiendo el salón.
